lunes, 22 de enero de 2007

Mariposas




A veces duele más la melancolía de extrañar a alguien que sentir cómo se te clavan en el pecho mil lanzas llenas de veneno. Así es como me siento ahora, es difícil querer abrazar el aire y que esa silueta que imaginas se diluya entre tus brazos y deje de existir, porque, sé franca, en realidad no ha existido nunca.
Una sensación tan amarga no coge en ninguna caja de cartón, ni en ningún cajón, por más profundo y alejado que esté de esto a lo que muchos se empeñan en llamar realidad. Y es que algunas veces las heridas vuelven a infectarse si no se cuidan, a veces la soledad es capaz de abrirlas y no cerrarlas en mucho tiempo, también se dice que con un abrazo en un día de reencuentro pueden volver a sanar y quedarse así por el resto de los días, pero en mi caso es tan grande el amor que siento, que me gana la partida la soledad y la herida se me abre una y otra vez, dándose de sí mi corazón.

No sé, la verdad es que me faltan ideas para descifrar este código tan complicado que es el alfabeto de sentimientos del ser humano, muchas veces llega a ser un trabajo agotador incluso pararse a pensar el por qué de todas nuestras acciones. Es tan fácil sonreír como lo es llorar por algo que se adentra en nuestro interior matando y exterminando las alas de una ilusión. Pero no todo es malo, ¿no?, también existen esas mariposas de los cuentos que no se sabe muy bien ni cómo, ni por qué, llegan a nuestro estómago, surgiendo esa sonrisa y ese estado con el que creamos las ilusiones que por desgracia acaban muriendo en alguna mala experiencia. Creo que sin ellas la vida no tendría sentido, salen de un cuento pero aún así nos hacen vivir con una intensidad mágica y ahora llego a entender por qué cuando estamos tristes quedamos en un estado apático y de ataraxia, sin ellas no podríamos ser capaces de desprender las alas del amor y alzar el vuelo junto a otra persona a nuestro lado. Qué curioso que algo que no existe y viene de los cuentos nos haga tener tanta fuerza muchas veces, quizá nunca dejamos de ser niños y esa inocencia de fábula pervive hasta el último día de conciencia. Qué extraño es esto de hacerse mayor e ir creciendo, qué complicado es desprender una lágrima en tu ausencia...